

El universo se extiende vastamente más allá de nuestro planeta y, después de décadas de estudios, no conocemos ni una ínfima parte de lo que nos espera ahí fuera. Muchas veces, las investigaciones más arduas dan como resultado detalles que, aunque puedan ser irrelevantes, son de gran ayuda para el avance científico.
Hablamos hoy del olor del universo. Imagínate que pudieses tomar un poco y envasarlo para poder conservarlo donde quisieras. ¿Te preguntarías a qué huele? ¿O cuál es su sabor? Lo que han descubierto los científicos es, de momento, el olor que desprenden algunos cuerpos celestes y otro tipo de material que vaga por el espacio.
En nuestro blog ya hemos hablado de que todo lo que conocemos a nuestro alrededor, siempre que esté vivo, tiene como base el carbono para su existencia. Pero hay muchos más elementos en el universo y se conjugan de diferentes formas para dar aromas de lo más sorprendentes.
Partamos desde nuestra galaxia, por ejemplo. En el centro de la Vía Láctea se forma una nube molecular que tiene como principales elementos el sulfuro de hidrógeno y el carbonilo. El resultado no podía ser peor, ya que podríamos identificarlo con el estiércol o los huevos podridos.
En las constelaciones de Magallanes y Orión, se forman otras nubes diferentes, esta vez con una alta concentración de amoniaco. Seguro que has olido alguna vez el amoniaco doméstico, pero este es todavía más fuerte: lo comparan con la orina de perros y el pescado en descomposición.
Pero hay mucho más donde buscar. Por todo el universo han pasado cometas y meteoritos que, en su mayoría, acaban descompuestos por la combustión. Este proceso libera unas moléculas llamadas hidrocarburos policíclicos aromáticos, y su olor podría ser parecido al de la gasolina y la barbacoa. Al menos va mejorando la cosa.
Si seguimos explorando el vacío que nos rodea, encontramos otros componentes como el cianuro de hidrógeno y la fosfina. Aquí podemos incluir las almendras amargas y el ajo como olores más característicos, respectivamente.
Pero también hay lugares un poco más amables con nuestro olfato. La estrella IRAS 16293-2422 tiene principalmente glicoaldehidos en su interior, que bajo ciertas condiciones puede recordar al aroma del azúcar.
Por su parte, la nebulosa gigante Sagitario B tiene un olor más atractivo. El compuesto químico predominante aquí es el formiato de etilo, con una fragancia parecida al ron y a las frambuesas. Bastante mejor, ¿no?
En nuestro pequeño Sistema Solar también tenemos toda una variable enorme. Desde Neptuno, que prácticamente no seríamos capaces de oler (está compuesto por hidrógeno y helio, dos gases inodoros); hasta Venus. Nuestro planeta vecino tiene una atmósfera predominantemente apestosa (parecido al centro de la Vía Láctea), por culpa del dióxido de azufre.
Algo un poco menos grave le ocurre a Urano, que mezcla sulfuro de hidrógeno, amoniaco y metano a su alrededor. Con terribles consecuencias. O a Titán, el satélite más grande en la órbita de Saturno: en algunos laboratorios se ha recreado la neblina que recubre a esta luna, dando como resultado algo parecido a una gasolinera.
Y, hablando de lunas, la nuestra ya ha sido visitada. En las pocas ocasiones que el hombre ha estado allí, se han traído de vuelta unos pocos frascos con polvo lunar. Sorprende (o no) que muchos lo califiquen como “el olor de un campo de batalla”, como si se mezclase la pólvora y las cenizas.
Sea como fuere, parece que el universo no es el mejor lugar para andar olfateando cosas. Una buena escafandra nos protegerá de estos olores (y de la presión y la falta de aire, claro) si queremos pasear un rato por ahí arriba.
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