

El cuerpo humano es fascinante a todos los niveles, un complicado engranaje del que aún queda mucho por descubrir y en el que los procesos químicos juegan un papel tan importante como a veces sorprendente. Hay infinidad de curiosidades, conocerlas nos lleva a mirarnos a nosotros mismos de una manera completamente diferente. Hablamos solo de algunas de ellas.
Estamos acostumbrados a hablar de células, órganos y tejidos. La química a veces parece algo lejano, propio de procesos industriales o que queda dentro de los laboratorios. Nada más lejos de la realidad. El cuerpo humano también es química. ¿En qué forma?
Se calcula que el 96 % de nuestro organismo está compuesto solo por cuatro elementos: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno. Si a esos elementos sumamos calcio y agua, tenemos nada menos que el 99 % de la composición química del organismo humano. ¿Qué compone ese 1 % restante? Potasio, azufre, sodio, cloro, magnesio y hierro.
Si nos centramos en los elementos principales, el oxígeno representa el 65 % y el carbono el 18 %. Tal vez este segundo dato no parezca en exceso significativo, pero la visión puede cambiar si tenemos en cuenta que con el carbono presente en el cuerpo humano se pueden fabricar entre 9.000 y 10.000 lapiceros.
Sin embargo, el cuerpo humano a nivel químico no sería tan valioso como ese dato pueda dar a entender. Hace un siglo, un químico lanzaba una conclusión curiosa: si se descompusieran estos elementos químicos del organismo en átomos y moléculas su precio no llegaría a un dólar.
La química del cuerpo humano da para mucho. Por ejemplo, puede sorprender que, de algún modo, somos capaces de brillar, y no metafóricamente hablando. Las reacciones químicas de nuestras células generan pequeñas cantidades de luz.
Evidentemente, esos destellos no se aprecian a simple vista, puesto que tienen una intensidad mil veces inferior a la que pueden captar nuestros ojos. Sin embargo, sí se pueden ver bajo la lente de potentes cámaras de laboratorio.
Otra curiosidad tiene que ver con el poder de los ácidos de nuestro estómago. Son capaces de disolver objetos de metal. Y está demostrado empíricamente. Un grupo de investigadores del Hospital Merida Huron sumergió cuchillas de afeitar en una solución similar a la de nuestros ácidos. En solo 24 horas se habían reducido más de la mitad, exactamente en un 63%.
La pregunta lógica que surge de ello es cómo es posible que nuestros propios ácidos no nos ataquen. La respuesta es que las células revestimiento del estómago tienen un poder de regeneración y renovación asombrosos.
Nuestro organismo está en continuo funcionamiento, las reacciones químicas se suceden sin descanso. De hecho, gracias a ello sobrevivimos. De una manera muy esquemática, esas reacciones químicas son de dos tipos. Por un lado, están las anabólicas, que crean moléculas. Por otro, se encuentran las catabólicas, que lo que hacen es descomponer.
Ambas se realizan de forma simultánea y son esenciales. Y dentro de cada una de ellas se podrían englobar infinidad de reacciones que solo son posibles si se conjugan una serie de elementos: una temperatura constante, un balance hídrico y una concentración de glucosa adecuada. Esa conjunción de elementos tiene un nombre: homeostasis.
Para hacernos una idea de la importancia de esas reacciones químicas, basta decir que son la base de la digestión, de la absorción, el metabolismo o la respiración, entre otras funciones del organismo.
Por lo tanto, cuando pensemos en nuestro cuerpo, debemos pensar también en términos de química. Como hemos visto, el organismo humano encierra infinidad de curiosidades.
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